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CONTANDO RECUERDOS

Nos encanta contar nuestro pasado, lo que nos ocurrió aquel día y a aquella hora. Ya no es solo el abuelo el que se empeña en contar las batallitas de la guerra, ante la sorpresa de los nuevos y la risa de los que ya las habían escuchado mil veces. En cuanto alguien cuenta alguna anécdota de su infancia – o de un viaje, una borrachera, un susto… ̶   no falta quien se lanza a contar otra parecida y, para él o ella, mucho más divertida, peligrosa o única. Y, seguramente, estarán contando cosas parecidas porque todas esas “aventuras” se estructuran en nuestro recuerdo con anclaje arquetípico, reproduciendo elementos psíquicos que compartimos con todos nuestros congéneres. Esas historias pasan a formar parte de nuestro particular viaje mítico.

Lo curioso del caso es que nunca sabremos si lo que contamos fue cierto; o, más bien, diría que no lo fue, que realizamos una fabulación de nuestros recuerdos, a los que colocamos o quitamos detalles o emociones que en aquel momento tenían. Al recordar un hecho –agradable u horrible— lo vamos a hacer desde el momento vital en el que estamos y este momento elabora un lenguaje con unas metáforas y un contenido semántico en las palabras usadas que le aleja del hecho origen del relato. De ahí que, por ejemplo, dos hermanos, o dos amigos, cuenten la misma cosa de forma diferente.

Lo importante de esta situación es hacer consciente, saber que estamos relatando algo que nos ha construido desde otra perspectiva, más cercana a lo que somos y a la narrativa que nos conforma. Estamos construidos con historias. Con muchas historias. Unas las contamos porque nos ayudan a dar sentido a nuestra vida (al fin y al cabo una metáfora de la existencia). Otras las callamos porque reflejan la sombra que decidimos dejar en la oscuridad y que nos dan miedo o producen dolor. Pero todas están ahí, en nosotros, esperando un despiste para colarse en nuestro imaginario, ya sea en forma de símbolo o contando una historia imprevisible.

También se intenta reescribir la historia (¡o borrarla!), cambiar el pasado, siendo consciente de que fue de otra forma, y para eso se ocultan algunos datos o se magnifican otros. Suele fracasar porque esta narración solo está en la mente de quien la narra, y la modifica porque le duele su existencia, que nunca podrá eliminar. De eso saben mucho los políticos y estadistas, o aquellas personas que excluyen de la narración a familiares incómodos o situaciones que prefieren olvidar.

En cualquier caso, llegados al final de este relato solo nos queda preguntarnos si acaso estas mismas palabras no son una metáfora que construye a quien lo escribe y explica a quien lo lee.

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